GRAN REFLEXIÓN: Para llorar.

Actualmente soy Director Académico de una Universidad Tecnológica, y por ello, tengo bajo mi responsabilidad la formación de nuevas generaciones de Tecnólogos e Ingenieros en el área ambiental y en nanotecnología.

Este cuatrimestre, tuve el encargo de la Rectoría, para asumir la titularidad de un par de grupos de nuevo ingreso en dos licenciaturas a nivel de Técnico Superior Universitario -preámbulo de la ingeniería en este subsistema- en Química Área Ambiental y en Nanotecnología Área Materiales.
Como examen final, decidí hacer una evaluación a libro abierto, y les dejé un examen “a casa”. En el caso de la asignatura de Biología (para Nanotecnólogos), hice una selección de ejercicios de repaso de textos clásicos de esta asignatura publicados en libros como el Curtis o el Audesirk (que son de nivel bachillerato), así como de libros de Biología Celular como el Karp o el Darnell. Para la asignatura de Administración de Laboratorios (para Ingenieros Ambientales), seleccioné un caso real que conocí en mi reciente visita a la Universidad Autónoma de Guadalajara, donde el reto era presentar un proyecto de creación de una instalación para el análisis bromatológico y de sanidad, como parte del control de calidad de una fábrica de helados gourmet.
En ambos exámenes, había preguntas donde se calificaba la capacidad de imaginar y de crear, de integrar conocimientos y de planear o proponer soluciones a problemas reales de cada especialidad.
Sin contar que hubo quienes ni lo hicieron, y otros que lo entregaron fuera del plazo establecido, he de decir que, salvo dos o tres excepciones, en cada grupo bajo mi responsabilidad, la mayoría sólo hizo un vulgar “copy-paste” de lo primero que encontraron en Internet. Otros, los peores, integraron sus respuestas sin revisarlas, pues incluían errores de redacción o citas que ellos no habían referenciado, vaya, hasta cínicamente con diferentes tipos de letra y saltos de párrafo innecesarios.
En la parte que implicaba ser creativo o redactar un texto inédito, los que lo hicieron, tenían muchas faltas de ortografía o su sintaxis fue tan deficiente, que sinceramente me costó trabajo poderlo leer.
Para colmo, la mayoría no incluyó una portada, no numeran las hojas, y algunos exámenes que recibí, ni siquiera ponen su nombre (quizás reconocen que es tan malo, que optan por el anonimato), y sólo dos o tres estudiantes incluyeron las citas de las fuentes que consultaron, y salvo un caso, nadie tuvo la iniciativa de escribir una conclusión o de ilustrar sus ideas. Y de pilón, varios de ellos, se compartieron muchas de sus respuestas chafas.
Para ser más explícito, casi todo lo que revisé en estos últimos días, es por mucho, más deficiente que la criticada tesis de licenciatura en Derecho del Presidente Peña Nieto.
Yo no sé si a mis colegas de la UNAM, del IPN, de la UAM, de las universidades autónomas, o de las privadas como el Tec de Monterrey, la Anáhuac o la Ibero, les pase igual. Espero que no, y que esto que me pasó a mí, sea un caso aislado, sin embargo, analizando los resultados más recientes de la Prueba PISA, creo que lo que yo detecté, es sólo un ejemplo más, de lo corrompido e ineficiente que es el sistema educativo mexicano.
Reitero que mis alumnos, son de primer ingreso a licenciatura, que aspiran a convertirse en ingenieros o en científicos, y que el curso que di, por muchos factores, no fue el ideal, pues entre mis responsabilidades como Directivo (que no me permitían preparar a conciencia mis clases, o que me llevaron a ausentarme o llegar con retardo varias veces), y las carencias en infraestructura o reactivos (propias de una escuela pública muy masificada), lo complican aún más,  sin embargo, la experiencia me permite llegar a varias conclusiones:
  • Ya me quedó más claro la razón de que muchos de mis estudiantes reprobaron el examen de admisión a la UNAM, al IPN o a otras universidades públicas que eran su primera opción: al parecer, porque desde la primaria los han pasado aunque sean evidentemente incapaces y no tengan hábitos ni técnicas de estudio o de investigación necesarias para afrontar con éxito la educación superior.
  • La mayoría de mis estudiantes no están acostumbrados a jugarse el todo por el todo, en un sólo examen, y apelan a sumar “puntitos” durante la evaluación continua del mal entendido, y peor aplicado, modelo por competencias.
  • La mayoría son intelectual y psicológicamente inmaduros para estar en la Universidad, pues siguen creyendo que basta con ir a clase y escuchar al profesor para aprender. Prueba de ello, es que casi ninguno de ellos lee o prepara los temas antes de ir a clase o se da el tiempo de completar o corregir sus apuntes; casi nunca se cuestionan lo que ven en clase, o simplemente se confían al primer resultado de la búsqueda en Google.
  • Sólo hacen tarea por encargo, no investigan por curiosidad o por iniciativa, y eso que se supone que están en una carrera que les apasiona.
  • La mayoría da mucha más importancia a lo irrelevante, como asistir a las tardeadas, pertenecer a los equipos deportivos o culturales de la institución, poner la ofrenda del día de muertos o decorar su salón con motivo de la navidad. Es en serio.
Esta posición dual, docente-directivo, me permitió entender por qué más del 70% de la matrícula que ingresa a las carreras que dirijo, opta por solicitar su cambio de carrera dentro de la misma institución, a las áreas de Mercadotecnia o Administración; al parecer, no es porque descubren su vocación a la publicidad o al manejo de recursos humanos -que son las especialidades que se imparten en dichas áreas-, sino porque reconocen su incapacidad para afrontar el reto de estudiar una ingeniería técnica, y ya no optan por su vocación, sino por lo que aparentemente les parece más simple o que a primera vista, tiene menos contenidos en ciencias básicas. Esto podría explicar por qué mis homólogos del IPN o de la UNAM, con quienes tengo la fortuna de interactuar en diversas reuniones, me han comentado que cerca del 45% de sus alumnos, desertan en el primer semestre por reprobar casi toda su carga académica.
Recientemente platicaba con un alto funcionario del gobierno federal, que me comentó que habían liquidado a casi todos los recién egresados que habían contratado al inicio de este sexenio en esa Secretaría, y no era por cuestiones de austeridad, sino porque salvo contadas excepciones, estos chicos no pudieron con la responsabilidad; simple y llanamente, la mayoría de estos jóvenes, sólo sabía poner pretextos y no aguantaban la presión que implican los puestos de confianza en la administración pública.
Muchos de mis poquitos egresados, me han platicado que les ha costado mucho trabajo conseguir y mantener un buen empleo en su área. Otros, quienes han optado por seguir su formación en un posgrado, me han dicho que ingresar a los programas que integran el Padrón Nacional de Calidad (PNPC) que avala el CONACyT, les ha costado mucho trabajo; algunos porque simplemente no pasan los exámenes de admisión, otros porque “no dan el ancho” en la entrevista, o simplemente, porque no fueron capaces de presentar una propuesta coherente y bien articulada de su proyecto de investigación.
Un contador que conozco, quien trabajó durante más de tres décadas en una empresa automotriz, así como un ingeniero que está a punto de jubilarse en grupo BIMBO, coincidieron en señalarme que, en sus respectivas empresas, los quieren “sacar” del retiro, pues confían más en su capacidad que en la de cualquier flamante recién egresado.
Hoy por la mañana, veía una nota de Azteca Noticias, donde una psicoterapeuta afirmaba que “el exceso de tarea causaba depresión en los estudiantes”. No dudo que eso pueda suceder, sin embargo, creo que existe mayor riesgo de sufrir depresión por perder tu trabajo debido a tu nula capacidad de aguantar la presión, o por tu reiterada intolerancia a la frustración.
En el mismo sentido, seguramente debe deprimir más renunciar a estudiar lo que te gusta, por reconocer tu falta de capacidad.
En un país donde una persona es capaz de reunir más de un millón de “likes” en Facebook por una estupidez como gritar a los cuatro vientos que es el máximo fan del extinto (y para mi gusto, muy malo) grupo ochentero de “MENUDO” acompañado de un simple “uuuuhhh”, o una quinceañera de una ranchería en un minúsculo poblado en el estado de San Luis Potosí, puede acaparar las tendencias en Twitter durante varios días, no deberíamos suponer que toda la responsabilidad es de los docentes, o que lo único malo es nuestro sistema educativo.
Coincido con el Rector Graue de la UNAM, en el sentido de que, en la crisis que enfrenta el sistema educativo mexicano “todos somos responsables”, y que mejorar en los conocimientos en lectura, matemáticas y ciencias, será la “verdadera reforma educativa que estamos esperando”.


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